martes, 27 de enero de 2015

Los muertos de uno: Leonora.

 
Desde niña aprendí que uno no escoge los libros, ellos de alguna manera secreta y misteriosa lo escogen a uno. El primer libro que me apasionó lo escribió una mujer, de clase alta, rebelde y lo más interesante, surrealista.  Por esa época en el cuarto de lectura de mi casa, en una enorme biblioteca para mis percepciones de entonces, pasé mi mano suavemente por cada libro hasta que alguno me encontrara y me sacara del tedio hiperactivo de mis siete septiembres. De repente sentí la textura de un libro flaquito y rosa como yo, en la caratula una mujer desnuda era visitada por un insecto (al menos eso fue lo que interpreté) y yo, apasionada seguidora de marranos de tierra, babosas y demás bichos, quedé prendada de la imagen, era un collage de Max Ernst, era el libro de Leonora Carrington, era la Dama Oval. 

Lo que venía adentro era un tratado feminista y hasta político pero estaba escrito por una artista, no con el denso lenguaje ilegible de los sociólogos, no con la rabia feminista, no con el fango antropológico, no era un "odio al patriarcado" era un "soy y punto, soy también la dueña de mi vida de mi mundo". Tuve que esperar unos 5 años para saber quién era Leonora, su libro dejó de estar en el cuarto de los libros y pasó a dormir debajo de mi almohada, siempre muy cerca mío, le puse mi firma y también un sello que guardaba con cierto T.O.C para marcar mis cosas en una casa habitada por mucha gente y donde lo único que era mío era el libro de Leonora, mi patrimonio junto con un perro criollo y una bicicleta.

Lo bueno de escoger monjas francesas para disciplinar la vida femenina es que su decimonónica educación tiene en el currículo "historia del arte" .Mi profesora, una maestra, nos mostró a Salvador Dalí, a André Bretón y como una epifanía "Max Ernst" lo reconocí de inmediato pues la Dama Oval había sido ilustrada por él, supe que era judío alemán, supe que ella era de la aristocracia inglesa y se había escapado a estudiar arte a Londres olvidando toda la parafernalia de su clase y luego criticándola de una manera maravillosa y acertada en "La Debutante, el tío Sam Carrington y La Dama Oval". Leonora dejaba de ser una mujer y se convertía en un caballo libre y arisco, jamás pude imaginarme otra persona diferente a ella en sus cuentos porque su literatura es deliciosamente autoreferencial y para mí, esa es una de sus fortalezas.

Todo lo que la Dama Oval contenía era  lógico, verosimil y esperable. Cada vez que terminaba un cuento le encontraba todo el sentido porque Leonora veía con ojos de niña grande y eso es absolutamente invaluable. Yo comprendía la cercanía y el afecto con los animales de la Carrington, hablaba con ellos porque crecí con mi caballo, mis pollos, mis churruscos y mis perros y en algún momento adolescente creí que nadie en la vida me entendería porque sólo Leonora sabía cuánto odiaba los bailes,  las presentaciones en sociedad y el espantoso ritual latinoamericano de los 15 años. En ese entonces mis pequeñas y tiernas insurrecciones eran simplemente soltarme el pelo, tenerlo libre y enredado y portarme como un verdadero animal -si que soy grupie de por dios-  

Entre muchos aprendizajes sólo cuando internet llegó a mi vida, en mi último año de secundaria pude ver por vez primera su obra plástica. Creo que me enamoré por segunda vez, porque pájaros, huevos, animales y seres largos emergían ante mí como la literatura, como  el famoso vortex de la realidad y el sueño, el claroscuro. Algunas obras junto con las de Varo y las de Ernst lograban conmoverme, sacarme un sentimiento por allá adentro en la huella némica de mi mundo animalesco y me ´conformé con ver esculturas y obras de la Carrington cada vez que me sentía fastidiada, era mi época más rara estaba entre Leonora y mi recién descubrimiento del escritor colombiano Andrés Caicedo, confieso que la olvidé y le fui infiel con un montón de muertos. 

Es que si en la adolescencia no lees a Cortazar, Borges,  Poe,  Lovecraft, a Chaparro Madiedo y a Caicedo, no fuiste un adolescente "darks". Lo cierto es que fue mi época oscura y metalera hasta que a los 20 me reconcilié de nuevo con Leonora, desempolvé la dama Oval y sentí ese inevitable amor que siento cuando lo tengo en mis manos, lo abrazo, lo siento porque ese libro es el arconte de mi infancia. Muchas veces en silencio lo abracé haciendo mucha fuerza mental, apretando los ojitos para poder entrar dentro de él, pero lamentablemente solo saque mala leche por ser tan incompetente con las artes ocultas. 

En mis recientes veinte, me llegaron regalos de México: historia a dos tiempos de Lourdes Andrade, El séptimo Caballo y otros Cuentos, Memorias de Abajo, Leonora de Elena Poniatowska y El libro de cuentos para niños que escribió para sus hijos Pablo y Gabriel y que Alejandro Jodorowsky guardó como sólo lo hacen los mejores amantes hasta hace pocos años. Tengo casi toda la bibliografía, menos la trompetilla acústica el cuál aún espero con esperanza de náufraga. Nadie podría comprender como las tardes tristes se me volvían risas y amores con semejante tarea de leerlo todo, pero entonces descubrí otra escritora, otro lado oculto de las mujeres, su relación con el sufrimiento y con la locura, sólo eso faltaba para que se convirtiera en mi preferida de las preferidas, la ama del mundo, la despeinada, mi maravillosa yegua, mi mujer libre y erótica, la madre, la artista, la amante, la sufrida la revolucionaria. 

En 2010 viajé a trabajar a México, llegué a Mérida pero logre arribar el D.F. después de rodar por Yucatán, Chiapas, Quintana Roo, Tepoztlán y Cuernavaca. Sabía que Leonora estaba viva, sabía dónde encontrarla pero no quise, alguien me dijo que pronto se iba a morir y simplemente para mi esa posibilidad no existía porque ella vivía en el vortex entre realidad y sueño, me gustaba imaginarla mitad animal, mitad humana, medio esperpento, medio rebuzno. Por eso decidí que yo a ella ya la conocía y probablemente si se moría sabría por alguna extraña razón que era mi escritora favorita y mejor amiga de mi infancia autista, mi convulsionada pubertad, mi adolescencia oscura y ocultista y este ser inacabado que soy hoy.  

Digamos que he estado los últimos años en el infierno y ella siempre viajó conmigo por lo menos esa vieja edición de alacena de la Dama Oval. Siempre me pregunté cómo un libro de ese talante va a dar a la biblioteca de una familia cualquiera de Bogotá. Encontré una clave en la dedicatoria, se lo habían regalado a mi madre que en ese entonces era líder comunitaria, escritora y artesana, tenía mi mamá periodistas y abogados detrás de su larga y negra cabellera, de su personalidad de caballo. Creo que fue mi último descubrimiento, mi mamá había sido la inspiración para que alguien se acordara de ella con la Dama Oval y de paso su admirador me heredó el objeto más amado con el que cuento.

Uno debe matar a sus héroes o en este caso a sus heroínas de la infancia, porque constituyen la búsqueda de la identidad, porque nos ayudan a entendernos pero definitivamente lo más interesante de estar en este planeta es tener una vida y una personalidad. Hice mi ritual de paso con Leonora Carrington, intenté escribir un cuento de mi intensa relación con ella y el surrealismo y tomé prestada a Lucrecia para que como en la Dama Oval, se viniera para Colombia y fuera una niña sin apellidos ni títulos de nobleza. Recuerdo que el cuento me hizo muy feliz y así a mis consabidos 27 años nací a mi voluntad por encontrar una voz propia.  

Nunca me gustaron los grupos para niñas, tampoco seguí a una banda  o a un actor o a un director de cine, como lo he hecho con  Leonora y  Caicedo, mis brujos y hoy mis mágicos inmortales, porque sus letras ya son parte mía y soy inevitablemente feliz. En estas noches de miedos, de terrores, de temblores abracé la Dama Oval y sentí que no importaba nada, él siempre sería mi casa y a dónde fuera habitaría conmigo. Una cosa si era cierta, había contado con suerte porque encontrar a Leonora fue encontrar al surrealismo, a otras poderosas mujeres como Varo y Kahlo, y a comprender que ciertos movimientos artísticos atan el cambio de las sociedades y de las subjetividades de sus sujetos, por lo menos para mí, Leonora fue una revolución de clase, de género, de creación y de reconciliación con la adorada diferencia. 

Liz Corner


Tomado del blog: http://lizproject.blogspot.mx/?view=classic

1 comentario:

  1. Leonora Carrington

    Pintora de origen inglés que se inicia en el surrealismo de la mano de Max Ernst y desarrolla la mayor parte de su vida y obra en México. Nacida en Clayton Green, Lancashire, Inglaterra, en el seno de una rica familia de la industria textil, en 1920 queda junto a sus hermanos bajo los cuidados de una institutriz francesa, un instructor de religión y una nana inglesa, que la introduce en el mundo de las hadas y cuyos relatos tendrán una fuerte influencia sobre la artista. Después de ser expulsada de varias escuelas religiosas, es enviada a un internado de Florencia (Italia) y más tarde a una escuela parisina. En 1936 ingresa en la academia de Amédée Ozenfant donde realiza estudios de dibujo y pintura. En 1937 conoce a Max Ernst con el que marcha a París y la introduce en el círculo de los surrealistas, estilo del que será una gran intérprete. Un año más tarde expone con los surrealistas en París y Amsterdam (The meal of lord Candlestick, 1938). Al comienzo de la II Guerra Mundial, en 1939, marcha a España y Portugal, donde conoce al diplomático mexicano Renato Leduc, amigo de Pablo Picasso, con quien se casa en 1941 y viaja a Nueva York. En 1942 llegan a México y tras divorciarse, en 1943, conoce a Edward James, mecenas de los surrealistas y máximo coleccionista de su obra. Durante los 43 años que permaneció en México formó parte del movimiento surrealista, compaginando la pintura (Pain Chant, 1947; Gato blanco, 1952; Kabala, 1960; Belfry, 1980) con las escenografías teatrales (Penélope, 1945-46). En 1985 huyendo del terremoto que destruyó parte de la ciudad, se estableció en Nueva York y más tarde en Chicago (1988), regresando finalmente a México (Labyrinth, 1991), donde pasó sus últimos años de vida. © M.E.


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